EL ENEMIGO ES TAMBIÉN MI HERMANO

Melchor Rodríguez y Pedro Muñoz Seca: fraternidad en medio de la barbarie, a los 90 años de Paracuellos.




«¿Guerra civil? ¿Qué significa esto? ¿Hay guerra extranjera?
¿No es entre hombres toda guerra, es decir, entre hermanos?»
— Víctor Hugo, Los miserables (1862)



Francisco Rey Alamillo

Hay una manera de recordar la Guerra Civil española que consiste en volver a levantar las trincheras. Y hay otra, mucho más difícil, que consiste en recordar a quienes, en medio de las trincheras, fueron capaces de ver al ser humano que había al otro lado.

Este artículo no pretende borrar responsabilidades, ni establecer una falsa equidistancia entre quienes mataron y quienes murieron. Pretende algo más concreto: rescatar dos historias de fraternidad allí donde parecía imposible que existiera.

Uno era anarquista. El otro, católico y monárquico. Uno arriesgó su vida para salvar a personas que estaban políticamente en las antípodas de sus ideas. El otro, cuando comprendió que iba a morir a manos de sus adversarios, afrontó la muerte desde su fe y, según los testimonios conservados, no dejó que el odio fuera su última palabra. Se llamaban

Melchor Rodríguez García y Pedro Muñoz Seca. Y ambos quedaron unidos para siempre a uno de los episodios más terribles de la Guerra Civil: las sacas de Paracuellos del Jarama, cuyo 90 aniversario se cumple este 2026.



1. Paracuellos: cuando el enemigo dejó de ser persona

Entre noviembre y diciembre de 1936, con el Gobierno republicano ya replegado en Valencia y Madrid convertido en frente de guerra, miles de presos —muchos de ellos simples sospechosos de simpatizar con la derecha— fueron sacados de las cárceles madrileñas de la Modelo, Porlier, Ventas y San Antón en autobuses de la red de tranvías de la ciudad, trasladados hasta Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, y fusilados junto a fosas comunes cavadas por vecinos reclutados a la fuerza. Es lo que la historia recordaría como las “sacas”: se calcula que en las fosas de Paracuellos quedaron unos 2.500 cuerpos, y algunas fuentes eclesiásticas elevan a más de 5.000 el total de víctimas de la matanza en su conjunto.

Entre esos presos estaba Pedro Muñoz Seca, detenido al comienzo de la guerra por su perfil público de católico y monárquico declarado. Mientras él y tantos otros morían en aquellas sacas, otro hombre, del bando contrario al suyo, comenzaba a jugarse la vida para intentar detenerlas: Melchor Rodríguez.

Melchor Rodríguez llegó demasiado tarde para impedir la saca que pudo haber salvado a Pedro Muñoz Seca. Muñoz Seca murió el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama.

Rodríguez volvió a asumir el control de las prisiones pocos días después y se convirtió en uno de los hombres que frenaron las sacas y salvaron la vida de numerosos presos de derechas.

2. El Ángel Rojo

Melchor Rodríguez, nacido en el barrio sevillano de Triana en 1893, era anarcosindicalista convencido, afiliado a la CNT-FAI . No era un católico oculto ni un conservador arrepentido: era un militante libertario que, precisamente por serlo, dio a su actuación un valor moral fuera de lo común.

En noviembre de 1936 fue nombrado Delegado especial de Prisiones por el ministro
anarquista Juan García Oliver. Desde ese puesto detuvo las sacas y los fusilamientos en la retaguardia madrileña, salvando a miles de personas entre sus adversarios ideológicos.

Melchor arriesgó varias veces su propia vida en el empeño. Su valentía y humanidad fueron decisivas para atajar los crímenes masivos que, en nombre de las organizaciones obreras y de la llamada Revolución, se estaban cometiendo en el bando republicano. En especial se mostró dispuesto a acabar con los asesinatos masivos que los comunistas, con el joven Santiago Carrillo a la cabeza, estaban llevando a cabo en las cárceles de Madrid.

El 8 de noviembre de 1936, cuando nadie parecía capaz de frenar las sacas, se propuso su nombre para el cargo, y al día siguiente tomó posesión. Esa misma jornada, sin nombramiento oficial todavía, evitó una saca en la cárcel Modelo que iba a llevarse a más de 400 presos. Una de sus primeras medidas fue prohibir, sin su autorización personal, la salida de presos de las cárceles entre las siete de la tarde y las siete de la mañana, la franja horaria en que se producían los “paseos” nocturnos . Diferencias de opinión le llevaron a dimitir durante quince días; en ese intervalo se reanudaron algunos fusilamientos. Fue destituido el 14 de noviembre; las sacas se reanudaron el día 18 y se prolongaron hasta el 4 de diciembre, cuando Melchor fue repuesto en el cargo y logró detenerlas de forma definitiva. Se mantuvo en el puesto hasta marzo de 1937.

Desde su reposición echó un pulso a los responsables de orden público de la Junta de Defensa de Madrid: primero a Santiago Carrillo —hasta que a principios de diciembre se marchó a Valencia— y después a José Cazorla, quienes obedecían los consejos de los asesores soviéticos sobre la «limpieza» de la retaguardia.

El 8 de diciembre de 1936 protagonizó el hecho por el que pasará a la historia de la Guerra Civil. Ese día, y durante horas, en la cárcel de Alcalá de Henares, luchó solo y armado de su palabra contra una muchedumbre furiosa que pretendía tomarse la justicia por su mano tras un bombardeo de los rebeldes que había producido varios muertos y heridos. Tras la dura pelea —donde le apuntaron con fusiles—, consiguió salvar a los 1.532 presos allí encerrados. Entre ellos se encontraban personalidades que serían importantes en el régimen franquista: Agustín Muñoz Grandes, Raimundo Fernández Cuesta, Javier Martín Artajo, Serrano Súñer, Peña Boeuf, Bobby Deglané y los hermanos Luca de Tena, entre otros.

Melchor Rodríguez fue una figura clave para devolver a la República el control del orden público y las prisiones. Aseguró el orden en las cárceles y devolvió la dignidad a la justicia.

Bajo su mandato mejoraron las condiciones de los 11.200 reclusos de Madrid y su provincia, hasta el punto de que los presos comenzaron a llamarle «El Ángel Rojo», calificativo que él rechazaba. Creó una oficina de información, el hospital penitenciario —con la Cruz Roja internacional— y mejoró el rancho. Asimismo, acompañó a cientos de detenidos en los traslados a cárceles de Valencia y Alicante.

En el bando nacional hubo personas que salvaron, de forma individual, a algunos republicanos, pero no hay nadie equiparable a Melchor. Mientras que el terror se detuvo en pocos meses en la zona republicana, en el bando nacional ocurrió lo contrario y las matanzas y fusilamientos fueron la norma.

Su lema, tan simple como radical en tiempos de fusilamientos sumarios, quedó resumido en una frase que se le atribuye desde entonces: prefería morir por las
ideas antes que matar por ellas.


3. El juicio: cuando el enemigo salvado se puso en pie

Terminada la guerra, Melchor pagó su coherencia con la cárcel. Fue sometido a dos consejos de guerra. En el segundo, celebrado el 11 de mayo de 1940, ocurrió algo que parece sacado de una novela: cuando el presidente del tribunal preguntó si alguien quería añadir algo, un hombre se levantó entre el público. Era Agustín Muñoz Grandes, el militar golpista al que Melchor había salvado de la muerte años antes y que, para entonces, encabezaba la División Azul. Aquel día entregó al tribunal un pliego con más de 2.000 firmas de personas que avalaban la actuación humanitaria de Melchor en la retaguardia republicana.

No fue suficiente para evitar la condena —veinte años de prisión, de los que cumplió cinco—, pero sí contribuyó, según los relatos históricos, a que la pena no fuera más severa. 

4. Pedro Muñoz Seca, el dramaturgo que sostuvo el ánimo hasta el final 


Pedro Muñoz Seca había nacido el 20 de febrero de 1879 en El Puerto de Santa María y era, para entonces, uno de los autores teatrales más populares de España, creador del género cómico conocido como “astracanada” y autor de más de trescientas obras, entre ellas La venganza de don Mendo . Casado y padre de nueve hijos, fue recluido al poco de estallar la guerra en la cárcel madrileña de San Antón.

Durante los cuatro meses que pasó allí dentro, contagió a sus compañeros de celda el mismo buen humor que había puesto siempre sobre los escenarios, sosteniendo el ánimo colectivo en medio del miedo. Esa entereza se quebró solo al final. A finales de noviembre, tras una entrevista con el director de la prisión, salió del despacho exclamando: “¡Nos matan, nos matan! Búsqueme un sacerdote”. Consiguió confesarse, y horas antes de ser sacado de la cárcel escribió una carta apresurada a su mujer. En ella se despedía resignado y en paz, ponía su suerte en manos de Dios, y le dejaba dicho que ella había sido siempre su ángel bueno; una posdata final le pedía que entendiera que iba, en sus propias palabras, “preparado y limpio de culpas”.

Fue fusilado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama, a los 57 años Existen además testimonios posteriores, no documentales, según los cuales quienes iban a ejecutarlo le pidieron perdón por lo que estaban obligados a hacer, y él respondió que ya estaban perdonados.

5. Una causa de canonización, con precisión

El 12 de noviembre de 2016, ochenta años después del fusilamiento, la diócesis de Alcalá de Henares abrió la investigación diocesana de la causa de beatificación y canonización por declaración de martirio de Eduardo Ardiaca Castell y 43 compañeros, entre los que figura Pedro Muñoz Seca junto a catorce sacerdotes diocesanos, otros religiosos agustinos y maristas, una clarisa y quince laicos más. 

Muñoz Seca no es el único nombre conocido de esa causa, pero sí el más célebre. El resto del expediente está formado, en su mayoría, por gente sin nombre en los libros de historia, de oficios humildes: el comerciante de ultramarinos Julián Pérez, denunciado por la Policía al encontrar en su casa un baúl lleno de objetos religiosos; el fotógrafo Félix Muñoz, asesinado por haber retratado a la Virgen de la Victoria, patrona de Villarejo de Salvanés; o José Plaza, guardia civil jubilado, al que mataron solo por ser padre de un sacerdote, Marcial Plaza, a quien también acabarían matando a él. Figuran también dos parejas de hermanos: Diego y Manuel Mac-Crohon, detenidos por pertenecer a Acción Católica, a las Conferencias de San Vicente de Paúl y a una congregación mariana, y por visitar semanalmente a los pobres; y Paula y Juana Muñoz, conocidas en Villarejo por una fe que las llevaba a entregarse a numerosas obras de caridad, y que murieron acribilladas tras ser torturadas, musitando, según el relato conservado, palabras de perdón.

Esos nombres importan porque recuerdan algo que conviene no perder de vista: la fraternidad que este artículo quiere rescatar no fue exclusiva de los personajes célebres. Junto al dramaturgo de fama nacional murieron, con la misma entereza, un tendero, un fotógrafo, un guardia civil jubilado y dos hermanas dedicadas a cuidar de los pobres de su pueblo.

Esa fase diocesana se cerró formalmente el 26 de octubre de 2019 en una sesión de clausura celebrada en la Catedral-Magistral de Alcalá de Henares, y el expediente se encuentra desde entonces en fase romana, a la espera de su estudio por la Congregación para las Causas de los Santos. Es importante ser precisos: Muñoz Seca no ha sido beatificado ni canonizado. La fórmula correcta es que está incluido en la causa de beatificación y canonización de Eduardo Ardiaca Castell y 43 compañeros, actualmente en estudio en Roma; no que sea ya “beato” o “santo”.

6. El entierro que reunió a las dos Españas

El 14 de febrero de 1972 murió Melchor Rodríguez, sin dinero ni siquiera para pagar su propio entierro; la familia aceptó la donación de un nicho en el cementerio de San Justo, en Madrid. Lo que ocurrió aquel día es, todavía hoy, difícil de creer en pleno franquismo. 

Su ataúd fue cubierto con la bandera rojinegra de la CNT-FAI, algo que no volvería a repetirse con nadie más durante la dictadura. Al féretro asistieron, mezclados en el mismo duelo, antiguos jerarcas y cargos del régimen y viejos compañeros anarquistas. Entre ellos estaba Javier Martín Artajo, antiguo diputado de la CEDA y uno de los hombres a quienes Melchor había salvado la vida en Alcalá de Henares: acudió con una corbata roja y negra, los colores anarquistas, cumpliendo una promesa que le había hecho a su amigo en el hospital antes de morir. Ante la tumba, Martín Artajo pidió permiso a los presentes para rezar un padrenuestro por el alma de “nuestro amigo”, recordando que Melchor solía llamar a Cristo “el divino rebelde”. El general franquista Carrasco Verde y un padre agustino encabezaron el rezo; los anarquistas presentes, entre ellos el periodista Eduardo de Guzmán, lo escucharon en silencio, y después se entonaron estrofas del himno anarquista A las barricadas.

Fue, en palabras de quienes lo presenciaron, un ritual de reconciliación entre las dos Españas que todavía tenían las heridas abiertas: a un lado lloraban quienes habían perdido a uno de los suyos; al otro, sus antiguos enemigos, a los que él había salvado la vida. 

7. Dos hombres frente al mismo misterio 

Melchor Rodríguez tuvo que responder a una pregunta: ¿qué hago con el hombre que considero mi enemigo y que está bajo mi poder? Y respondió: lo protejo.

Pedro Muñoz Seca tuvo que responder a otra: ¿qué hago con el hombre que está a punto de quitarme la vida? Y, según la tradición transmitida, y desde luego según el documento que sí conservamos de su puño y letra: pongo mi vida en manos de Dios, sin dejar que el miedo se convierta en odio.

Uno actuó desde la responsabilidad del que tiene poder sobre otros. El otro, desde la
fragilidad absoluta de la víctima. Pero ambos rechazaron la misma lógica: la que convierte al adversario en alguien a quien ya no hace falta tratar como persona.

Este texto pretende mostrar que incluso en medio de la violencia más extrema hubo personas —de uno y otro signo— capaces de resistirse a ella. Ese es el sentido de recordar, noventa años después, a un anarquista que salvó al enemigo y a un dramaturgo que, según todo lo que sabemos de sus últimas horas, se negó a odiar a quienes lo mataban.

8. Una matanza ideológica entre hermanos: la mirada de Julián Gómez del Castillo

Hay otra voz que conviene escuchar cuando se habla de fraternidad en medio de la barbarie. Es la de Julián Gómez del Castillo (1924–2006), converso y militante obrero cristiano, figura del grupo iniciador de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y de la editorial ZYX. Desde su experiencia de fe y de lucha obrera, y sin eludir la responsabilidad de los cristianos, dejó escrito un diagnóstico de una lucidez que aún incomoda.

«Las luchas ideológicas anteriores a la Guerra Civil —afirmaba— habían partido a España en dos: Derecha, igual a cristianos; izquierda, igual antieclesiales. Esta trágica división condujo a los españoles al enfrentamiento a muerte… en el que murieron más de 400.000 personas.» Y condensaba el sentido de aquella tragedia en una frase: «la Guerra Civil fue una matanza ideológica entre hermanos.»

La raíz, según él, no estaba solo en el odio del adversario, sino también en la propia incapacidad cristiana de vivir el Evangelio hasta el final: «Siempre he sostenido que la Guerra Civil fue posible porque los cristianos no supimos entender que nos teníamos que dejar matar antes de matar.»

Y añadía, sin atenuantes: «Pero claro, para eso se necesita la madurez cristiana real y profunda, y esa no era la madurez de los cristianos de 1936, que todavía creían en las cruzadas y pensaban que se ganaban indulgencias matando rojos. Así, la guerra se hizo inevitable.»

No era un juicio abstracto. Gómez del Castillo lo había vivido en su propia familia: «Mi primo Ángel, asturiano, le dice a mi madre: “Si veo a mi primo Paco (mi hermano mayor) lo mato”. ¡A mi madre! No lo quiso volver a ver en la vida. Era la guerra. Ángel era falangista y mi hermano socialista. Era una guerra con una carga ideológica tremenda. En los dos lados. Mi hermano se va al frente con una navaja por fusil con 15 años.»

«Por un lado, unos quemando iglesias desde el año 1932, quitando la razón moral a la existencia de un régimen democrático republicano con la Huelga Revolucionaria del 34; y, por otro lado, unos cristianos que creían que se ganaba el cielo matando al prójimo por el delito de ser rojo, hacían inevitable la guerra.»

En ese horizonte de odio ideológico, las figuras de Melchor Rodríguez y Pedro Muñoz Seca adquieren un relieve aún mayor: uno, anarquista, se negó a matar; el otro, cristiano, se negó a odiar.

9. El verdadero sentido de este relato: lo que la propia Iglesia ha dicho sobre la reconciliación

Este artículo no propone una lectura personal ni original. Propone recuperar algo que la propia Iglesia española, con el paso de las décadas, ha ido diciendo cada vez con más claridad sobre esa guerra y sobre quienes murieron en los dos bandos.

En 1971, en plena dictadura, la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes —celebrada en Madrid entre el 13 y el 17 de septiembre, presidida por el entonces cardenal Vicente Enrique y Tarancón— aprobó por amplia mayoría una resolución en la que la Iglesia reconocía no haber sabido, en su momento, ser un verdadero instrumento de reconciliación de un pueblo dividido por una guerra entre hermanos, y pedía perdón humildemente por ello. Fue la primera vez que la jerarquía eclesiástica
española admitía, de forma colectiva, su parte de responsabilidad en no haber tendido puentes durante la contienda.

Y en 2007, con motivo de la beatificación de 498 mártires de la persecución religiosa de los años treinta, los obispos españoles explicaron el sentido último de aquellas muertes: «Los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación».

Una mirada justa sobre la historia exige reconocer la honestidad y nobleza de espíritu con que actuaron muchos de los que sufrieron o murieron en ambos bandos, impulsados por ideales de justicia, libertad, honestidad o convicciones morales y religiosas. La memoria de las víctimas no debe ser utilizada como instrumento de enfrentamiento en el presente, sino como llamada constante a la reconciliación y a la paz fundada en la verdad.

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